martes, 1 de noviembre de 2011

ÚLTIMO FAVOR

Tras el llamado día de Halloween, otra de esas costumbres americanas que nos han metido por los ojos en este país, llegó un año más el día de todos los santos.

Yo estaba tranquilo en casa, aprovechando el día de descanso para ver una película y estar relajado, que buena falta me hacía. Mis padres habían ido al cementerio a visitar a todos los difuntos que allí tenían. Yo siempre había sido reacio a ir, tanto en ese día como cualquier otro, porque desde siempre me impresionó mucho ver las lápidas, tumbas y todo ese ambiente lóbrego que se respira en un lugar así.

De repente, cuando más tranquilo estaba en casa, sonó el timbre de la puerta y perturbó mi tranquilidad. Era un señor mayor que vestía ropas muy viejas y casi harapientas y que tenía una mirada como perdida en el tiempo.

Al preguntarle que deseaba, me contestó lo siguiente:

¨Hola hijo, yo soy un conocido de tu padre y he venido a verle porque tengo algo importante para él¨.

Yo traté de explicarle que mi padre no estaba, por lo que le insté a que se pasara más tarde o que me dijera a mí aquello tan importante que tenía que decirle, pero aquel señor se empecinó en que había venido de muy lejos y que no quería irse sin hablar con él y entregarle algo.

A pesar de mi insistencia, no tuve más remedio que hacerle pasar para que esperara a mi padre, por lo que ya imaginarán que lo de la película y la tranquilidad se fue al garete.

Aquel hombre se sentó en el salón mientras yo aproveché para recoger un poco todos los trastos que tenía por medio y demás.

Ese hombre de mirada extraña, me evocaba... no sé, cierta paz. Su forma de permanecer quieto y ese silencio tan expresivo me inspiraban ternura, confianza, aunque no sabía la razón.

Trate de hablar con él para que la espera le fuera más agradable.

¨¿Así que conoce usted a mi padre no?, le dije intentando buscar algo de conversación.

¨Si, le conozco mucho además, porque tu padre ha sido una persona importante en mi vida por muchas razones¨, me dijo él.

Poco a poco fuimos hablando y aquel señor me contó cosas maravillosas de otros tiempos en los que pasó muchas penalidades para sacar toda una familia adelante.

A medida que iba hablando, yo me iba quedando embelesado con sus palabras, porque cada frase que decía, era para mí como un bálsamo que me inspiraba tranquilidad.

Muy poco tiempo me hizo falta para saber que, aunque había renunciado a la tranquilidad de ver mi película de cine, aquella conversación era mucho mejor.

Había pasado más de una hora y mi padre no volvía del cementerio. Viendo que tardaba, le dije a aquel señor si quería tomar algo, pero me dijo que no, que estaba bien así.

De repente le pregunté sobre aquella razón que quería darle a mi padre.

Él señor me contestó lo siguiente:

¨No, no es nada importante, es simplemente una cuestión que quiero pedirle, un favor que sé que él puede hacerme y que no le costará mucho, simplemente es esta carta que quiero darle¨, dijo mientras me enseñaba el sobre en el que guardaba con celo la petición que quería hacerle a mi padre.

Como vi que no quería dar más detalles, pensé que se trataba de algo personal, por lo que no insistí en el tema.

En ese preciso instante, sonó el timbre de la puerta, algo que hizo conmover a ese hombre. Yo salí corriendo para abrir la puerta, y... cual fue mi sorpresa cuando, después de decirle por el pasillo a mi padre que un hombre le aguardaba en casa, comprobé al llegar al salón que aquel hombre había desaparecido. Yo me quedé sin palabras, no acababa de asimilar que aquel señor que había estado conmigo en la tarde, hubiera desaparecido como por arte de magia. Le busqué en todas las dependencias de la casa pero ni rastro, era como si se hubiera esfumado por arte de magia.

Mis padres no daban crédito a lo que les estaba contando, pensaban que era alguna broma, pero cuando yo me puse a decir en serio y de forma categórica que un hombre había estado allí para hablar con mi padre, empezaron a creer que me pasaba algo, que tenía alguna especie de delirio o locura por alguna razón.

En el intento de calmarnos, mi padre me preguntó que como era aquel hombre.

Cuando yo empecé a describir como era aquel señor, mi padre esbozó una frase que, unida a lo que había ocurrido, hizo que un gran escalofrío se apoderara de mí.

La frase fue, ¨Hijo mío, esa descripción que me das es algo que me deja fuera de juego, porque con esas características y que yo conozca de tiempo atrás, solo me hace pensar en tu abuelo, mi padre, que murió cuando tú eras un niño de mantilla.¨

Aquello me hizo estremecer, pero pensaba que debería haber algo que aportara lógica a todo esto. En ese momento, mientras seguía hablando de forma acalorada con mis padres, vi algo blanco en el suelo. Sin pensarlo recordé... ¨La carta, él dijo que quería darte una carta y esa va a ser¨.

Salí corriendo y…efectivamente, allí estaba la carta. En el sobre había un nombre escrito, Prudencio González Castellano. Efectivamente era el nombre y apellidos de mi abuelo, el padre de mi padre.

En ese momento, mi padre me sorprendió con una frase que no esperaba y que me hizo perder el control. ¨Mira, si esto es una broma por ser el día de los difuntos no tiene gracia, pues vengo de pasar un mal rato en el cementerio.¨

Aquello me hizo enfadar mucho, tanto que a mi padre no le quedó ninguna duda de que no estaba bromeando. Finalmente, con mucho sigilo, mi padre abrió la carta, la cual decía algo así:

¨Querido hijo, lo primero que quiero pedirte es que no te asustes, pues yo nunca querría hacerte ningún daño, ni a ti, ni a nadie de tu familia, pues la considero la mía.

Ha sido encantador conocer al nieto que nunca pudo conocerme a mí, ha sido muy emocionante, nunca olvidaré este día.

El verdadero motivo de esta carta, es decirte que, como bien sabes, por cuestiones de la vida, tu madre está enterrada lejos de mí. Ella murió en aquel pueblo al que fuimos a parar por cuestiones de trabajo cuando tú no tenías más que 16 años. Por cuestiones económicas, no puede traerla aquí y aunque nunca fui capaz de pedirte dinero para traerla, hoy quiero que hagas algo, por ello te escribo estas letras plasmadas desde el dolor de no tenerla a mi lado. Solo te pido eso, que la traigas conmigo para que, de una vez por todas, podamos descansar en paz y juntos¨

Mi padre casi no pudo terminar de leer aquel papel y aunque aquello era difícil de asimilar, no le dio más vueltas, pues para él no había duda de que aquella era la letra y la firma de su padre, mi abuelo.

A primera hora del día siguiente, mi padre y yo, salimos a resolver aquel asunto del traslado de mi abuela. Tras algunas semanas y muchos papeles que hubo que mover, mi abuela Elisa, hoy por hoy, reposa con mi abuelo.

Jamás podré olvidar aquel momento en el que tuve, a escaso metro y medio de mí, a la persona que nunca pude conocer. Ahora comprendo porque, aunque yo no sabía que era mi abuelo, me inspiró tanta ternura. Desde aquel día noté en mi habitación que me faltaba una foto mía, pero las dudas se resolvieron cuando, al abrir el ataúd de mi abuelo para depositar los restos de mi abuela, pudimos comprobar que aquella foto estaba allí, dentro del ataúd. Ahora pienso que mi abuelo cogió aquella foto para que mi abuela, que murió cuando yo no había nacido, me conozca también. Nunca olvidaremos aquel día de los difuntos, porque fue el día en el que pudimos saber que las personas, nunca mueren del todo, por eso deben estar siempre en nuestra mente.

Ahora he perdido ese recelo a ir al cementerio, tanto es así que no necesito que llegue el día en el que honramos a nuestros muertos, siempre que puedo y tengo un rato, me voy al camposanto a charlar con mis abuelos, esas personas que han cambiado mi vida.

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