Hoy he vuelto a oír tu voz después de
casi 20 años y todo parecía igual que antes.
Muchas turbulencias hicieron caer el
vuelo de nuestros sueños juntos, pero desde luego hay situaciones que te evocan
a aquel pasado en el que ambos fuimos felices mientras creímos que el amor era
algo que duraba para siempre, mientras pensamos que aquella pasión desbordada
de entonces nunca se iría, mientras fuimos tan inocentes como para pensar que
nuestra historia sería eterna y que nada ni nadie nos podría separar.
Fuimos dos adolescentes que se comían el
mundo pensando que en la vida solo hacen falta besos y arrumacos de esos que se
dan cuando tienes 20 años menos que ahora, pero no reparamos en que el amor es
algo que desgraciadamente tiene fecha de caducidad y termina pudriéndose de
tanto usarlo. Pero siempre quedan los vestigios de buenos tiempos a los que
agarrarse, la manera de hacer que
cicatricen heridas que nunca hubieran cerrado. Hoy, al oír tu voz, volví a percibir aquel tono meloso de niña enamorada
que siempre me llamaba para que unas palabras aliviaran esos momentos de
ansiedad por no estar juntos. El motivo de tu llamada era muy distinto a
aquellas llamadas de entonces pero no he podido evitar retrotraerme a otros
tiempos.
No he podido evitar que al escuchar tu
voz, que sigue siendo aterciopelada como siempre, se me hiciera un nudo en la
garganta y me encontrara tan nervioso como aquellas primeras veces que hablamos
cuando nos empezábamos a enamorar.
Aun recuerdo aquellos días de
interminables horas colgados de un teléfono acercando la distancia a través de
palabras que nos hacían sentir juntos y mitigaban esa eterna espera hasta poder
vernos y abrazarnos. Hoy al escucharte, me hubiera gustado susurrarte aquellos
versos que tanto te gustaban y que tenía casi que recitarte a todas horas,
aquellos versos que hablaban de amor, un amor del que ya hoy no queda nada,
solo recuerdos que no sé si habitan igual en tu mente como en la mía. Tras esos
momentos de pensar en aquello que fue y que hoy ya no es nada, volvimos a la
realidad. Tú me dejaste la fría consigna que tenías que darme y con la más
absoluta indiferencia colgaste el teléfono, produciendo un silencio y un vacio
que es la prueba más inequívoca de que ya no volveremos a hablar más, ya no
volveré a escuchar más tu voz, esa voz que para mí era más que el aire que
llena mis pulmones. Hubiera querido decirte tantas cosas…
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