martes, 15 de mayo de 2012

MÁS QUE HACER FOTOS.



Hay experiencias que, aun convertidas en algo que puede llegar a ser rutinario, son un soplo de aire fresco que oxigena las más viciadas arterias llenas de desidia y monotonía.
Salir con las primeras luces de la mañana y  hacer fotografías, con esos primeros rayos de sol que se escapan como furtivos entre las  nubes o que riegan los más dormidos enseres del entorno, es como ser testigo de los encantos de una mujer que se desnuda lentamente ante ti  y que  miras extasiado. Cada objeto, cada flor impregnada de la escarcha mañanera, cada resquicio iluminado que sobresale de la escena, son como pequeñas pinceladas de un ser divino que empieza a esbozar en el lienzo de la vida arrebatadores argumentos que te hacen dar gracias por vivir un día más.
Cada lugar es diferente al otro y diferente de cómo se mostraba el día anterior, cada color brilla y se muestra de una manera distinta según la luz que se adueña de un arrebatador paisaje único entre los paisajes. No sabría decir si la belleza de lo que ante mí se abre me hizo amar la fotografía o la fotografía que recoge la mejor sonrisa de mi entorno me he hecho amar el paisaje sobre cualquier otra cosa  al poder  recrearme en él cada instante. Con solo ver alguna instantánea se  me enciende la chispa de las emociones y la felicidad.
No hay dolores, ni físicos ni emocionales, no hay angustias que provoquen asfixia, no hay ruidos que masacren heridas del día a día, no hay aire cargado de dramatismo por lo incierto del presente, no hay más premisa que ver lo que en forma de regalo con luces de oro se pone ante ti para demostrarte que la vida, por mucho que a veces pensemos otra cosa, es el más maravilloso de los regalos.





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